Resumen
Detrás de una de las marcas de ropa femenina más reconocidas del país, la justicia colombiana descubrió un entramado de contrabando, facturas de papel y evasión aduanera que tardó cuatro años en desmoronarse. Lo que pasó, cómo lo detectaron y qué significa para quienes importan hoy.

Un crecimiento que no cuadra
La intervención de la Fiscalía a Lili Pink no llegó por intuición. Llegó con datos, órdenes y una hipótesis clara: la marca de ropa habría sostenido una operación comercial irregular durante años.
El resultado fue contundente. El Cuerpo Técnico de Investigación (CTI) realizó allanamientos en más de 300 tiendas en distintas ciudades del país, mientras la Fiscalía inició procesos de extinción de dominio contra la empresa.
Según la investigación, Lili Pink, fundada en 2006, creció muy rápido en el mercado colombiano, pero ese crecimiento no se explica solo por buenas decisiones de negocio. Lo que parecía una cadena de ropa interior operaba como fachada de una red que habría movido recursos ilícitos y mercancía de contrabando durante dos décadas.
Las cifras presentadas por la Fiscalía son contundentes:
Además, la DIAN ya había realizado decomisos de mercancía valorados en más de $54.000 millones de pesos. El operativo de la (CTI) también incluyó la afectación de 40 inmuebles, 8 vehículos y una sociedad comercial.
El esquema detrás del fraude y el error que lo delató
La Fiscalía describe una arquitectura deliberada: una red de importadoras, comercializadoras y empresas de papel que simulaban ser proveedores reales del sector textil.
El objetivo era doble. Por un lado, ingresar mercancía de contrabando con apariencia de legalidad. Por otro, desviar dinero público mediante devoluciones de IVA que no tenían sustento.
El mecanismo era simple en su lógica: se creaban empresas legalmente constituidas, pero sin actividad real, que emitían facturas por insumos inexistentes. Con ese soporte, solicitaban devoluciones de IVA ante la DIAN. Esas mismas facturas también servían para “legalizar” mercancía de contrabando —prendas, cosméticos, entre otros— que ingresaba evadiendo controles aduaneros.
El punto de quiebre fue el “Ojo de la DIAN”, un sistema que monitorea en tiempo real el comportamiento de los funcionarios. Desde 2022 detectó accesos inusuales, consultas irregulares y devoluciones fuera de patrón. Al cruzar datos, surgió un hallazgo: más de 30 empresas registradas en una misma dirección en Barranquilla, con un ciclo repetido —operaban, reclamaban devoluciones y desaparecían.
Un allanamiento confirmó las sospechas. Una libreta con cifras, porcentajes y nombres vinculados a presuntos sobornos conectó todas las piezas. En 2022 la información llegó a la Fiscalía. Cuatro años después, se ejecutaron los operativos.
Contrabando: la competencia que no juega con las mismas reglas.
Este caso no es solo la historia de una empresa en problemas. Es la historia de cómo el comercio exterior mal hecho destruye la competencia legítima.
Cuando una organización ingresa mercancía evadiendo aranceles, IVA y controles aduaneros, puede vender en el mercado a precios que una empresa que importa correctamente nunca podría igualar. No porque sea más eficiente, sino porque no paga lo que tiene que pagar.
Para el importador que sigue las reglas, que paga sus aranceles, declara correctamente, trabaja con aliados logísticos internacional y cumple todos los requisitos, ese competidor desleal es una amenaza directa a la rentabilidad del negocio. Miles de empresas colombianas del sector comercial, textil y de confecciones compiten en ese terreno minado cada día.
El contrabando también golpea al fisco, reduce el empleo formal y debilita la industria nacional. Es un delito cuyas víctimas son las empresas que hacen las cosas bien.
El problema no es solo legal, es estructural. Cuando una operación de importación se construye sin trazabilidad ni cumplimiento, el riesgo no es si va a fallar, sino cuándo. Hoy, con los niveles de control que existen, cualquier inconsistencia termina saliendo a la luz. Por eso, hacer comercio exterior bien no es una opción: es la única forma de construir un negocio sostenible en el tiempo.
Andrea Duque
Líder Ejecutiva, Xemdal
La conclusión de este caso
El caso Lili Pink no habla solo de una empresa. Habla de un límite.
Durante años, muchas malas prácticas en comercio exterior, asociadas al contrabando, sobrevivieron en la sombra. Pero hoy esto está cambiando. La tecnología permite rastrear cada operación, cruzar información y detectar patrones que antes pasaban desapercibidos. A esto se suma el papel de las entidades del Estado, que actúan para proteger la industria y llevar ante la justicia este tipo de prácticas ilegales.
Además, una operación de importación como la que realizo Lili Pink nunca brinda tranquilidad, porque tarde o temprano tendrá consecuencias legales.
Por eso, en Xemdal acompañamos a importadores que quieren hacer las cosas bien desde el principio: brindamos asesoría en comercio exterior, tercerización de la operación y estructuración de importaciones con total transparencia y trazabilidad. Si Lili Pink hubiera contado con un aliado así, su historia sería muy distinta.








